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Mensual del pensamiento y sus contrarios

Número 0
Mayo 2006
 

El sueño de Jacob, puerta del cielo

Ricardo Alonso Maturana

 

 

I


El cine no es cosa de ahora. De manera seguramente exagerada se dice que fue el mismísimo Platón el que lo inventó, si bien, huérfano de una tecnología adecuada al tamaño de su ingenio no llegó a desarrollarlo tal como hoy lo conocemos. Pero si hablamos de la idea, entonces parece que hemos de convenir que la idea fue de Platón, y que entre Platón y Meliès prácticamente nada. Quizás sólo la linterna mágica.
El celebrado pasaje de La República conocido como 'El Mito de la Caverna' muestra lo que digo. Como es sabido en él se nos relata la vida de unos individuos presos, sin saberlo, en un mundo de imágenes que confunden con la verdadera realidad, de individuos que viven en una película pero no lo saben. Uno de ellos se libera de las cadenas que lo atenazan y consigue elevarse por encima de donde están, de manera que comprende el artificio al caer en la cuenta de que las imágenes que hasta ese momento había tenido por verdaderas eran simplemente aquellas que proyectaba un foco de luz (un fuego) sobre una pared al pasar por delante del mismo distintos objetos. De modo que este aventurero, a partir de esta constatación, decide ir en busca de la verdadera realidad. Una realidad que no sea sombra, que no sea sólo imagen o, lo que es lo mismo, decide ir en pos de la realidad que está detrás del fuego, detrás del fuoco, detras del foco.
La consideración platónica de las películas como falsas realidades, como apariencia, sugiere que Platón tenía muy poco aprecio por su invención. Para él, el cinematógrafo y sus mundos vanos e ilusorios eran el símbolo del extravío de la inteligencia, de la confusión a la que nos inducen los sentidos, del caos implícito en todo goce puramente sensorial. Pero suya es su primera descripción y por él sabemos que era habitual en aquella época que la gente viviera perdida y errante en sus películas. Al fin y al cabo Platón era un noble de buena cuna y los nobles suelen despreciar la cultura popular. En eso no han cambiado demasiado las cosas y todavía en las primeras décadas de este siglo el cine era un entretenimiento para las clases bajas, un entretenimiento de feria destinado a aquellos que cambiarían mil veces la vida en la peor de las películas por su verdadera vida de todos los días.
En aquella época, en los Estados Unidos de América, proliferaron las salas de proyecciones. Se conocían con el nombre de Nickelodeones. En ellas por un nickel (una perra gorda) podías pasar la tarde divinamente y además en la sala no hacía frío. Hay muchos que si no vivieran en los sueños, sencillamente no vivirían. Pero los intelectuales siempre han tendido, como ya he dicho, a mostrarse muy suficientes y engolados en relación con la manera de divertirse del pueblo llano y Platón bien pudiera ser considerado como el prototipo de esta actitud. Lo cierto es que a la gente siempre le han encantado las películas, las representaciones, las imágenes. Autum, Vezelay, El pórtico de Santa María la Real de Laguardia, los bestiarios mediavales, pero también las pinturas de los baños romanos, la Sixtina o los frescos barrocos; todos son películas y todavía en esos sitios puede uno sentir el vuelo de la imaginación, la fascinación, la atracción magnética, la pérdida de la propia identidad que provoca toda buena película. En ese diluirse la conciencia, en ese derramarse en los personajes que aparecen en la pantalla, en esa enajenación del yo que persistentemente nos habita consiste, de un modo preciso, la magia del cine.
Aún a riesgo de que se me considere exagerado, yo diría que no hay vida fuera del cine. Naturalmente, me refiero a la verdadera vida. No sé que hubiera sido de las tardes de domingo de mi infancia sin las sesiones dobles del cine de los Salesianos o de La Salle, pero lo que sé es que era justamente a la salida del cine cuando a mí se me ponía un nudo en el estómago y me entraba un angustioso sentimiento de culpa porque no había hecho los deberes y al día siguiente te esperaba la escuela, constituida en verdadera realidad en el más exacto sentido platónico que quepa imaginar. Nadie que sepa lo que es un domingo por la tarde, sobre todo en esa época tan llena de incertidumbres y desconsuelos que con frecuencia es la infancia, puede decir en su sano juicio que no es bueno vivir en las imágenes. Seguramente Platón fue de pequeño un niño aplicado. Yo también conocí a más de uno a los que les encantaba ir a la escuela y a los que los profesores adulaban en todos los registros imaginables. Así me imagino a Platón cuando desprecia el cine como lo hace. Pero en general la gente no es así, o sea como Platón.
En cualquier caso no soy el único fascinado por las películas, por la farsa y por los simulacros: por las ficciones. A Woody Allen también le encantan, quizás porque es un tipo bajo, feo y judío. E Ingmar Bergman ha contado en más de una ocasión que el regalo más fascinante que le hicieron en su infancia fue una linterna mágica, que fue la que le permitió evadirse de la opresiva atmósfera familiar en la que la figura de su severísimo padre, pastor protestante, resultaba tan asfixiante como omnipresente. El lo ha contado también con imágenes en la maravillosa, melancólica y alegre Fanny y Alexander.
A mí me gustan los cuentos. De pequeño mi tía me contaba cuentos antes de irme a la cama. Después empecé a leer novelas. Casi todas las de Salgari, La Isla del tesoro, Los hijos del Capitán Grant, Robinson Crusoe, Un capitán de 15 años, Moby Dick, Robin Hood, El libro de las tierras vírgenes, Las aventuras de David Balfour, La flecha negra...pero en realidad lo que veía eran películas y todavía tengo en la cabeza la terrible imagen de Negoro, el cocinero portugués del Pilgrim que traiciona a todo el mundo en Un Capitán de 15 años. Increíblemente el mismo Negoro se me apareció 25 años después cuando leía El lobo de mar, de Jack London. Desde el primer momento supe que el cocinero del Fantasma era él, a pesar de que había muerto al final de Un capitán de 15 años, aproximadamente en 1.872 o 73 en África y de que el Fantasma, una goleta dedicada a la caza de focas, navegaba a todo trapo por la bahía de San Francisco, en un impreciso momento a principios de siglo, que es cuando da comienzo la acción y conocemos al Sr. Thomas Mugridge, su cocinero. Entonces supe también que hay una permanencia de las imágenes, de las ficciones y que Verne y London estaban habitados por el mismo fantasma cuando escribían sus respectivas novelas. Y no entiendo como Platón no percibió esa permanencia, esa intemporalidad de las imágenes, cómo las despreció en esa primera descripción de una sesión de cine en una primitiva sala de proyecciones. Porque en esa permanencia de las imágenes consisten sobre todo las ideas: esas entidades eternas, siempre idénticas a sí mismas, flotantes en un espacio que no tiene anchura, ni largura, ni profundidad.
De Platón me gustan muchas cosas, algunas enormemente como El Banquete y el Fedro, dos diálogos hermosísimos llenos de deliciosas imágenes -no creo que a su pesar-, pero no su desprecio por las ficciones, los cuentos, los fantasmas que recorren la vida de los hombres a través de sus generaciones. A la postre, la vida es siempre sueño, desde luego; pero incluso antes, con demasiada frecuencia resulta imposible distinguir el sueño de la vigilia como apostillaba un antiplatónico Descartes antes de platonizarse. Joyce fue capaz de expresar toda la intensidad y melancolía de ese conocimiento que habita en el espíritu del hombre y que le hace ser consciente de que tiene los días contados, las horas contadas, en el monólogo final de Los muertos. De esa conciencia que le susurra permanentemente que él también está condenado a convertirse en ficción, en imagen que habite otras memorias. Pero, para mí, el monólogo es como lo filmó Huston cuando él mismo era un casi muerto, una sombra, poco más que un nombre, en Dublineses. También el capitán Ahab ha terminado en mi imaginación por transmutarse y confundirse con Gregory Peck. Cape Cod y Maracaibo, los lugares en los que pasé mi infancia, son igualmente como en las películas; y Tracy, desde luego, es Mr. Hyde.


II

 

Y, sin embargo, hay algo en las ficciones que nos desconsuela, nos insatisface o nos amedrenta, algo que tiene que ver con alguna clase de conocimiento anterior, inapelable o quizá definitivo. Máximo Gorki, en un texto del que no conozco su exacta referencia ni recuerdo donde lo leí, pero que según tengo anotado fue publicado en un periódico de julio de1896, cuenta las terribles impresiones que le produjo su primera sesión de cine. En él afirma que el cine no es la vida, sino su sombra, que no es el movimiento, sino su espectro silencioso. De nuevo las imagenes rebeladas, insurgentes y enemigas. Nos lo cuenta Conrad a propósito del final de Kurtz en El corazón de las tinieblas, cuando éste es asaltado, en los momentos más finales que cabe imaginar, por la inevitable visión de la película de su vida, un conjunto de imágenes que representan una experiencia al parecer pavorosa: 'Al entrar una noche con una vela -escribe Conrad-, me quedé maravillado cuando le oí decir, con voz algo temblorosa. "Yazgo aquí, en la oscuridad, esperando a la muerte." La luz estaba a menos de un pie de sus ojos (...) En aquella cara de marfil vi la expresión del orgullo sombrío, del poder despiadado, del terror pavoroso; de una desesperación intensa y desesperanzada. ¿Estaba acaso viviendo de nuevo su vida en cada detalle de deseo, de tentación y renuncia durante aquel momento supremo de total conocimiento? Gritó en susurros a alguna imagen, a alguna visión; gritó dos veces, un grito no más fuerte que una exhalación: "¡El horror! ¡El horror!". Desde luego no sabemos lo que realmente pasa por la cabeza de Kurtz, pero la luz que le ilumina postreramente no es la luz del conocimiento de Platón ¿No es acaso esa luz tan próxima a sus ojos la que alumbra las imágenes que recorren su mente, la luz que alumbra y recrea sus más íntimas pesadillas, la lámpara del cinematógrafo?

Ya lo hemos dicho; quizá podamos decir calderonianamente que la vida es sueño, como sospechó Descartes, pero entonces, como señala Pessoa en El Primer Fausto : “¡Con qué realidad el mundo es sueño!/¡Con qué ironía sobre todo amarga/no me atormenta fría y negramente/esta inquieta aspiración a ser!. Aspiramos a ser y a entender, a ser otra cosa, a entender lo que está fuera de nuestro cuerpo, a desentrañar las imágenes, la verdadera realidad ahora, pero al final todo es Kafka, que expresa mejor que nadie el espíritu de estos tiempos antiplatónicos y anticinematrográficos por igual. Alguien se levanta un día convertido en un escarabajo. El mundo de fuera sigue estando ahí, aparentemente reconocible y familiar y sin embargo, de pronto, se ha vuelto extraño e inalcanzable. El cuerpo no puede acceder a él como solía. He ahí el misterio: la inadecuación. La condición del hombre contemporáneo parece consistir de manera muy acusada en esta aguda y perpleja conciencia de que todos somos escarabajos que pugnan por alcanzar el cuerpo de Adonis, que aspiran a serlo, que aspiramos a entender por qué estamos encerrados en el cuerpo de un escarabajo. “No poder apagar esta tortura;/no poder despegarme de este Ser;/no poder olvidarme de esta vida” , escribe entonces Fernando Pessoa al parecer encerrado en esa mortaja coriácea, como una cucaracha que escribe.
Casi XXV siglos después, de nuevo el viejo Mito de la Caverna, de nuevo las películas y el cine. Sin embargo ahora es diferente, los hombres contemporáneos han abandonado la fe, todas las fes, y ya no creen como Platón en la elevación y la liberación, en la conversión del sapo en príncipe: en el viejo sueño, ahora infantil, de la razón y el conocimiento; lo dice Santayana, expresando el espíritu de una época definitivamente descreída cuando escribe que “la razón es significativa en la acción sólo porque, por así decirlo, ha comenzado por ponerse del lado del cuerpo” . O sea, ha aceptado su derrota, conocido sus límites, asimilado el despertar perplejo en una cama, boca arriba, convertido en un escarabajo sólo liberado de su condición por la fuerza inversa del pensamiento: “lo inteligible reside en la periferia de la experiencia y lo irracional en su centro, y la inteligencia es nada más que un rayo centrífugo lanzado desde el fango a las estrellas. El pensamiento debe cumplir una metamorfosis; y aunque ésta sea, por supuesto, misteriosa, constituye uno de esos misterios familiares como el movimiento y la voluntad, que son más naturales que la misma lucidez dialéctica; pues la dialéctica se torna persuasiva al dar realización al propósito, pero el propósito o sentido es en sí mismo vital e inexplicable” .

 

III

 

El cine de Platón era, en realidad, una cueva hundida, casi un pozo del que podía salirse a través de una “áspera y escarpada subida”. Una vez afuera sólo quedaba la posibilidad de la verdadera experiencia, de la experiencia de los objetos reales y de la luz misma y, por oposición, la inteligencia clara de las imágenes como falsa realidad, como realidad devaluada, casi como irrealidad o pesadilla o sueño atormentado. Con el tiempo, la escarpada subida parece haberse tornado impracticable y la cueva en un pozo insondable e ilimitado: “El universo (que otros llaman la Biblioteca) -escribe Borges en La Biblioteca de Babel- se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercado por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono, se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente (...) Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto (...)”. Es posible, conjetura Borges, que exista un libro total y que alguien lo haya leído y, de ese modo, accedido a la clase de conocimiento superior que postulaba Platón; si bien -prosigue Borges- “la certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma (...)”. ¿La luz nos afantasma entonces, nos deslumbra de tal modo que impide la visión? ¿Resulta que no cabe más conocimiento que el del cine, el del pozo, el de la cueva, que el que produce la luz de una vela cuando tímidamente se atreve a rasgar el velo original de las tinieblas, cuando, a menos de un pie de los ojos de un moribundo, alumbra las últimas imágenes de su existencia?
Santayana parecía sugerir que el pensamiento nos salva y no sabemos por qué y, quizá tampoco, de qué, al menos con exactitud. La escalera espiral de Borges se torna entonces en una especie de cinta de Moebius que fatigamos eternamente. Recordemos el dibujo de Escher. Un castillo almenado. Un paseo de guardia que lo circunvala. Los vigías van arriba y abajo, bajan y suben, pero no es posible discernir cuando hacen una cosa y cuando otra. Cuando parecen bajar, suben y viceversa. Realmente no hay un arriba y un abajo, según parece el mito consistía en creer en la existencia de una “áspera y escarpada subida”.

"Mis proposiciones -escribe Wittgenstein al final del Tractatus, a punto de terminar con el trabajo no menor de concluir, de cerrar la filosofía, de hacer inútil más filosofía- son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas fuera de ellas. (Debe, pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido). Debe superar estas proposiciones; entonces tiene la visión justa del mundo” . Wittgenstein iba con frecuencia al cine después de las arduas jornadas de despliegue filosófico, pero lo que sugiere aquí es que se acabó la película o, al menos, la posibilidad antigua e infantil de disfrutarla sin limitaciones. La visión justa del mundo, parece corresponderse con la de la ceguera producida por la exposición directa a la luz del sol, casi con los resultados de la exposición sin gafas de soldador a un eclipse solar. El deslumbramiento transitorio de Platón pasa a convertirse en un estado de conocimiento que, como señala Santayana, ha aceptado el misterio como condición. ¿en esto consiste la Ilustración, en la aceptación de una vida deslumbrada o de una realidad tan deslumbrante que al cabo ciega, en la aceptación de que somos una cucaracha barriguda que bracea boca arriba y que recuerda que ayer era Billy Budd, el bello marinero, en aceptar que no hay una escalera, ni subida escarpada que nos eleve y redima, que nos acerque a la posición a la que aspiramos?.

El Génesis nos dice que Jacob tuvo un sueño y que en él “veía una escala que, apoyándose sobre la tierra, tocaba con la cabeza en los cielos, y que por ella subían y bajaban los ángeles de Dios (...) Despertó Jacob de su sueño, y se dijo: 'Ciertamente está Yahvé en este lugar, y yo no lo sabía'; y atemorizado añadió: '¡Qué terrible es este lugar!. No es sino la casa de Dios y la puerta de los cielos'” . No sé si la puerta de los cielos con la que soñó Jacob se corresponde con aquel lugar a que parece referirse el bellísimo verso de Wordsworth que afirmaba que no veníamos al mundo envueltos en el olvido absoluto ni completamente desnudos, pero parece que sólo en el sueño de esa posibilidad encontramos de manera transitoria algún consuelo, en el sueño germinal e infantil de que hay algo anterior y quizá, superior, y de que también hay algo que nos sucede.
La ceguera como condición contemporánea ya fue tratada por un Diderot en su Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, donde comenta y critíca la última proposición del Tractatus, que nos destierra del sueño de la razón y del cinematógrafo, del sueño de la continuidad de las imágenes en el tiempo, del sueño de la sustancia del tiempo mismo y del disfrute de la vida sensorial y nos abandona al oscuro devenir de la luz y sus iluminaciones: “...¿Qué sabemos? ¿Qué es la materia? De ningún modo. ¿Qué es el espíritu y el pensamiento? Menos aún. ¿Qué es el movimiento, el espacio y la duración? No, en absoluto. ¿Las verdades geométricas? Preguntad a los matemáticos de buena fe y os confesarán que su proposiciones son todas idénticas, y que tantos volúmenes acerca del círculo, por ejemplo, se reducen a repetirnos de cien mil maneras diferentes que se trata de una figura en la que todas las líneas trazadas del centro a la circunferencia son iguales. No sabemos, pues, casi nada. Sin embargo, ¡cuántos escritos cuyos autores han pretendido saber algo! No adivino por qué el mundo no se fastidia de leer y de no aprender nada, a menos que sea por la misma razón por la cual hace dos horas tengo el honor de hablaros sin fastidiarme y sin deciros nada” .

 

IV


“Corría el año 17... Un hombre de rostro curtido por la intemperie y marcado por la siniestra cicatriz de un balazo llegó a la solitaria hostería del “Almirante Benbow”, situada en el condado de Somerset, no lejos de los acantilados de la costa”. Es difícil imaginar una historia con un comienzo superior. Cuando lo recuerdo me veo de niño leyendo debajo de las mantas, por la noche, a la luz de una linterna, en la mismísima cueva de Platón y siento que Wordsworth tenía razón, que no venimos desnudos al mundo, que hay una escalera improbable, que frecuentamos con nuestras innúmeras patas de coleóptero, coleóptero que de cuando en cuando exclama: “Llamadme Ismael”.

 

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