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Tarjeta de visita

Mensual del pensamiento y sus contrarios

Número 0
Junio 2006
 

Arquitectura y entropía

Mari Cruz Gutiérrez Contreras

 

 

Las revistas de arquitectura son una prueba de lo mucho que entendemos los arquitectos de entropía. Tal vez a escalas microscópicas los procesos puedan ser reversibles –y el tiempo simétrico–, pero desde luego en el macroscópico de la arquitectura, no. Así los arquitectos corren a fotografiar su obra no bien ha salido la última señora de la limpieza, saben que aquella impoluta construcción nunca volverá a ser la misma.
En aquel reportaje de hace unos años sobre la Biblioteca de la UNED de Madrid estremecía ver las fotos tomadas antes de que se hubieran instalado las estanterías y colocado los libros, salas fantasmales sin lectores que parecían querer dejar constancia de la verdad arquitectónica antes de que se olvidara para siempre detrás de montones de libros ordenados sin criterios compositivos. Ni por colores.
Y es que la actividad humana lo único que aporta a la obra arquitectónica es desorden y caos, como si el construir un sistema cerrado de entropía cero, pero paradójicamente inmóvil, fuera el objeto de la arquitectura. Como si ese proceso irreversible de consumo de arquitectura, flecha sin vuelta, no fuese su objeto. Claro que a quién le importa el mantenimiento.
Recuerdo un relato que publicamos en una revistilla de la Escuela cuando era estudiante, en el que el protagonista, arquitecto tarado, se va obsesionando por la degeneración provocada por el paso del tiempo en los edificios. A modo de Funes el memorioso, paseaba por las calles imaginando, sin poder evitarlo, el estado último de cada construcción, sus grietas, fisuras, goteras, asientos, oxidaciones, flechas. Sus proyectos, nunca terminados, incluían todo tipo de patologías futuras, detalladas a escala 1:10, y modificadas a diario en un proceso degenerativo interminable. Terminó diseñando las ruinas de los edificios que pretendía proyectar, no nuevas ruinas de edificios del pasado que es distinto, y más allá la descomposición final de la materia.
La cura a su problema, descubrí no hace mucho, hubiera sido un curso intensivo de mantenimiento. Supongo que si recuerdo el relato es porque una parte de mi trabajo tuvo que ver con eso que por analogia se ha dado en llamar la patología de la edificación y sobre todo porque me tocaba seguir de cerca la evolución de los edificios que construíamos.
La gotera que aparece siempre, la temida fisura, la pintada. Pero también el currante –puesto de trabajo inverosímil como animador sociocultural, ludotecario, técnico deportivo– que se empeñaba en poner su mesa donde no debía, trastocando el orden preestablecido, el colegial que sacude el barro de sus botas en el banquillo de madera recién barnizado, el operario de la empresa de limpieza que arrasa juntas y bisagras con su bidón de ácido.
El mantenimiento, arquitectura de segunda, es la lucha contra la flecha del tiempo, excremento entrópico del intercambio energético. Es la segunda capa de pintura de otro color, la sombra de la pintada a medio quitar, la reposición de tejas, la manilla de la puerta, el felpudo, el barniz, la limpieza.
Es curioso, pero ya no me parecía lo más coñazo de mi trabajo. Cuando terminaba una obra casi esperaba con impaciencia el momento de volver, siempre con motivo de algún problema, y a ser posible cuando estaban usándolo. Y comprobar que la puerta de emergencia se ha convertido en la principal, que los niños de la ludoteca pegan los dibujos en los cristales y los corchos están vacíos, que el almacén del gimnasio es un semidespacho, que la pintada esa de los ojos gordos habita en la piedra recién restaurada, que la gotera dichosa ya sólo aparece en los tormentones y de paso a ver si pintamos este verano la sala multiusos de un tono un poco más claro.
Volver para hacer algo o para quitarles de la cabeza hacer algo antes de que ocurra alguna barbaridad o para arreglar aquello que con las prisas dejamos a medias. Volver en fin, para recordar para quién es la arquitectura, o mejor dicho qué es la arquitectura. Ah, y que no se olvide la cámara, no sea que gracias a las leyes que Newton, Boltzmann y los municipios han tenido a bien promulgar ésta sea la última oportunidad de congelar mi obra antes de que se me llene de entropía y caos.

 

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