| Las
revistas de arquitectura son una prueba de lo mucho que entendemos
los arquitectos de entropía. Tal vez a escalas microscópicas
los procesos puedan ser reversibles –y el tiempo simétrico–,
pero desde luego en el macroscópico de la arquitectura,
no. Así los arquitectos corren a fotografiar su obra
no bien ha salido la última señora de la limpieza,
saben que aquella impoluta construcción nunca volverá
a ser la misma.
En aquel reportaje de hace unos años sobre la Biblioteca
de la UNED de Madrid estremecía ver las fotos tomadas
antes de que se hubieran instalado las estanterías
y colocado los libros, salas fantasmales sin lectores que
parecían querer dejar constancia de la verdad arquitectónica
antes de que se olvidara para siempre detrás de montones
de libros ordenados sin criterios compositivos. Ni por colores.
Y es que la actividad humana lo único que aporta a
la obra arquitectónica es desorden y caos, como si
el construir un sistema cerrado de entropía cero, pero
paradójicamente inmóvil, fuera el objeto de
la arquitectura. Como si ese proceso irreversible de consumo
de arquitectura, flecha sin vuelta, no fuese su objeto. Claro
que a quién le importa el mantenimiento.
Recuerdo un relato que publicamos en una revistilla de la
Escuela cuando era estudiante, en el que el protagonista,
arquitecto tarado, se va obsesionando por la degeneración
provocada por el paso del tiempo en los edificios. A modo
de Funes el memorioso, paseaba por las calles imaginando,
sin poder evitarlo, el estado último de cada construcción,
sus grietas, fisuras, goteras, asientos, oxidaciones, flechas.
Sus proyectos, nunca terminados, incluían todo tipo
de patologías futuras, detalladas a escala 1:10, y
modificadas a diario en un proceso degenerativo interminable.
Terminó diseñando las ruinas de los edificios
que pretendía proyectar, no nuevas ruinas de edificios
del pasado que es distinto, y más allá la descomposición
final de la materia.
La cura a su problema, descubrí no hace mucho, hubiera
sido un curso intensivo de mantenimiento. Supongo que si recuerdo
el relato es porque una parte de mi trabajo tuvo que ver con
eso que por analogia se ha dado en llamar la patología
de la edificación y sobre todo porque me tocaba seguir
de cerca la evolución de los edificios que construíamos.
La gotera que aparece siempre, la temida fisura, la pintada.
Pero también el currante –puesto de trabajo inverosímil
como animador sociocultural, ludotecario, técnico deportivo–
que se empeñaba en poner su mesa donde no debía,
trastocando el orden preestablecido, el colegial que sacude
el barro de sus botas en el banquillo de madera recién
barnizado, el operario de la empresa de limpieza que arrasa
juntas y bisagras con su bidón de ácido.
El mantenimiento, arquitectura de segunda, es la lucha contra
la flecha del tiempo, excremento entrópico del intercambio
energético. Es la segunda capa de pintura de otro color,
la sombra de la pintada a medio quitar, la reposición
de tejas, la manilla de la puerta, el felpudo, el barniz,
la limpieza.
Es curioso, pero ya no me parecía lo más coñazo
de mi trabajo. Cuando terminaba una obra casi esperaba con
impaciencia el momento de volver, siempre con motivo de algún
problema, y a ser posible cuando estaban usándolo.
Y comprobar que la puerta de emergencia se ha convertido en
la principal, que los niños de la ludoteca pegan los
dibujos en los cristales y los corchos están vacíos,
que el almacén del gimnasio es un semidespacho, que
la pintada esa de los ojos gordos habita en la piedra recién
restaurada, que la gotera dichosa ya sólo aparece en
los tormentones y de paso a ver si pintamos este verano la
sala multiusos de un tono un poco más claro.
Volver para hacer algo o para quitarles de la cabeza hacer
algo antes de que ocurra alguna barbaridad o para arreglar
aquello que con las prisas dejamos a medias. Volver en fin,
para recordar para quién es la arquitectura, o mejor
dicho qué es la arquitectura. Ah, y que no se olvide
la cámara, no sea que gracias a las leyes que Newton,
Boltzmann y los municipios han tenido a bien promulgar ésta
sea la última oportunidad de congelar mi obra antes
de que se me llene de entropía y caos.
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