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Mensual del pensamiento y sus contrarios

Número 0
Mayo 2006
 

El ágora y la casa

José Ramo Gómez

 

 

Rafael Felipe Oteriño, Ágora, Ediciones del Copista, Córdoba (Argentina) 2005


Como Summa poetica se presentaba Cármenes (Buenos Aires, 2003), el libro de Rafael Felipe Oteriño (La Plata, 1945) que precedió a Ágora. Reunía allí el autor veinte poemas sin título, la mayoría de ellos incluidos en libros anteriores, con los que, tal vez a modo de aviso para navegantes, quería señalar que el sentido de su obra y el proceso de creación de la misma nunca estuvieron separados de la reflexión acerca de la poesía, es decir, de la lengua. Cármenes se abría con una cita de Joseph Brodsky: “Un poeta sabe que lo que comúnmente se llama la voz de la Musa es, en realidad el dictado de la lengua; que no es la lengua su instrumento sino él el medio utilizado por la lengua para sobrevivir.” Respirar en la lengua, hacer que la lengua se haga presente, que la lengua cante y se convierta en casa habitable son motivos constantes en la poesía de R.F. Oteriño, aunque se manifiesten con más insistencia en Lengua Madre, publicado en 1995, en El orden de las olas, del 2000, y en Ágora, el último libro que nos llega de este autor. ¿Qué trata de mostrar, en su decir, la poesía de R. F. Oteriño?: que las palabras valen cuando no se traicionan, cuando en el curso que despliega el impulso emotivo no excluyen el momento de la reflexión. Palabras indagadoras que la voz sostiene cuando el tiempo adverso invita a retirarse y renunciar. Tres años después de la publicación de Lengua madre, los viajeros del poema "Grandes migraciones", del también argentino Horacio Castillo escandían un verso con la misma exigencia: “La lengua madre, no olvidemos la lengua madre.” Contra el olvido, la poesía de R. F. Oteriño recoge las voces que le precedieron, abre nuevas preguntas que obligan al poeta a continuar a la escucha, en un empeño ético de ahondar en las palabras persiguiendo un sentido. La casa de todo el mundo, así había imaginado Oteriño el espacio de su poesía. ¿Quiere decir el último libro, Ágora, que el poeta de la domus ha pasado a ser el poeta del espacio público? Una interpretación de este tipo sería excesiva. Si lengua, poesía y casa forman una constelación de elementos que se reclaman mutuamente en la obra de Oteriño, ¿Qué relación guarda con ellos el ágora del último libro? Para comprenderlo se impone el regreso al último poema de Cármenes, el último eslabón, hasta ahora, de la poética de este autor. Ese poema, sin título entonces, se incorpora con numerosas variantes y dividido en cuatro partes, las dos últimas nuevas, a Ágora. El poema tiene ahora un título explícito y, sin duda, orientador: Poesía. Extrañamente, el poeta cuya poesía era la casa de todos, se nos presenta desde la primera estrofa como el excluido, el arrojado fuera. Y el poema es una súplica, la expresión de un deseo:

Si, por fin, libre de todo, pudiera verte,
entrar en tu casa como a un jardín,
cobijarme en tus brazos,
dormir al abrigo de tu árbol,
[...]
Si lo pudiera,
no sería necesario contarlo.

Los años de extrema violencia de la dictadura militar argentina son, tal vez, la primera causa de la conciencia del desalojo poético (de la lengua y la casa) que se manifiesta en algunos poemas de R. F. Oteriño. Así en "Fuera de casa":

De pronto alguien golpea la puerta de la casa,
el golpe se oye en todos los rincones
[...]
Alguien golpea,
para él no había casa ni la puerta estaba allí;
salimos a la calle privados del habla
-uno, dos, tres-
y ya no volvemos a la casa:
damos los cuatro pasos que nos separan del mundo
y al mundo entramos con bastón de ciego.

Esta condición de extrañamiento estaba ya presente en el libro anterior, El orden de las olas, que, tras habernos dado en el excelente poema Unas sombras otra imagen del desalojo de la lengua viva con la destrucción o la pérdida de las bibliotecas personales, se cerraba con la siguiente pregunta:"¿Hacia dónde íbamos?"
Pero las circunstancias políticas y sociales no lo explican todo. Hay que ver en la evolución de la poesía de R. F. Oteriño una acentuación de la voluntad de ascesis lingüística que siempre lo acompaño. Al deseo de entrar en la casa de la poesía, que se manifestaba en el poema de Ágora citado, seguirá una enumeración de los elementos del utillaje retórico de los que desea verse libre. Si tenemos en cuenta que la poesía de R.F. Oteriño nunca se ajustó a las matrices convencionales y que la caracteriza una sonoridad deliberadamente atenuada, se comprenderá que su fuerza se funde en el despojamiento, en un decir que, alejado también del hermetismo y lo misterioso (Del doble asilo de la palabra “arcano”), es búsqueda de lo esencial, del desnudo, del origen:

Una imagen audaz,
una artesanía de labios y oído
que atrapa y conduce
a otra provincia
esa hierba excluida
de lo que era.

Regiones enteras arrojando lastre
durante el viaje,
breves alborotos,
y entonces ella sola, su pie desnudo
sobre la tierra:
vuela al comienzo.

Las palabras con que el poeta ha tejido sus poemas (así en "Husos") han sido modeladas noche a noche hasta ser convertidas en objetos poéticos que el poeta entrega, después de la labor, “incesantes, descarnados, limpios”.
Ágora podría haberse titulado Canto del solo, como uno de sus poemas, no solamente porque esta palabra vuelva con frecuencia: y bebieron la copa solitaria del hombre solo (en "A Joseph Brodsky"), Nadie debe saber cuando un hombre está solo (en "Leyendo a Caproni"), o porque la poesía sea La sola en vilo, la siempre desconocida (en Poesía), sino también porque el sujeto poético, tras el largo periplo, puede decir como Ulises: "Sólo yo he vuelto / y lo que es más claro: soy otro."
Pero, a lo largo del libro, R. F. Oteriño ha convocado una serie de personajes como Joseph Brodsky, Flaubert, el Ahab de Melville, Leonardo, Caproni y Ulises que en la soledad de la propia aventura y en situaciones adversas se alzan como figuras modélicas. En su soledad, su rebeldía o su extrañamiento el autor las reclama para sí y los lectores. Ellos pueden ser la asamblea, el ágora. Y junto a ellos, las amadas figuras familiares de las que se dirá: "Los veo cada vez más nítidos en la oscuridad. / Una luz muy antigua ilumina sus rostros // Son lo que han sido y lo que seré." (en "Nuestros primeros padres"); "Toda mi vida reposa en la suya, / pero él necesita de la mía / para no repetirse" (en "Ahora es más joven"); "Lo llevé en la muñeca / como un no celebrado pacto / todos estos años, felices, aciagos. / y en ellos estabas presente sosteniéndome el paso" (en "Reloj"); "Cumplo con mi deber, de ustedes lo aprendí: / al recien nacido: palabras de aliento [...] // Y a mí: confianza, serenidad de ánimo, / la certeza de que haciéndolo bien, / la rueda completará su ciclo", (en "El deber"). No hay en el recuerdo de estas figuras familiares una mera evocación sentimental que desdibujaría la herencia recibida, sino un acercamiento ejemplar que permite incorporarlos a la lengua de la poesía tal como la entiende R. F. Oteriño: como creadora de la casa de todos, pero también como exigencia y Deber. Así, la asamblea, el ágora de la que nos habla el autor de este libro esencial se asienta y reconoce en un discurso ético.


 

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